Natascha
Karpusch, hija de un jefe de la policía y una maestra jardinera, vivía en un
calvario desde que tenía uso de razón. Se despertaba por lo gritos y las peleas
de sus padres; a la hora de la cena, cuando ella no quería comer, su padre se
enfurecía tanto que la sangre le subía al rostro y con un grito ensordecedor le
hundía la cara en el plato de comida. Natscha no podía invitar amigas a su casa
porque tenía prohibido hacer ruido mientras jugaba, por lo que siempre estaba
sola. Sus padres siempre estuvieron peleados con sus familiares, así que
Natascha tampoco tenía primos, ni tíos a quien frecuentar. Su abuela, la madre
de su madre, era su salvación, su liberación, su rescatistas.
Los viernes, después del colegio, en la puerta
había un auto esperándola, que la llevaba por una ruta arbolada; disfrutaba
sacando la cabeza por la ventana y dejando que su pelo fuera acariciado por el
suave viento, era un símbolo claro de libertad, de saber que por un fin de
semana entero no escucharía gritos, no se sentiría reprimida y podría hacer
todo lo que ella quisiera, que por fin llegaba la paz, aunque fuera por poco
tiempo.
Los lunes comenzaba la tortura en el colegio y
continuaba en su casa. En la escuela, no tenía amigos porque nunca podía ir a
la casa de sus compañeros ni siquiera para hacer tarea. Era una niña de muy
pocas palabras, que se limitaba a hacer sus deberes y contestarle a la maestra
solo cuando fuera necesario.
Los niños suelen ser muy crueles sin darse
cuenta, y lo eran con Natascha, pues la cargaban por su palidez, por su escueta
conversación, por sus atuendos anticuados, y no paraban hasta verla explotar en
un terrible llanto. Pero eso no era lo peor: cuando tenían que ir sus padres a
retirarla del establecimiento, ella rogaba de rodillas a los directivos que no
los llamaran pero, al verla cada vez en una crisis más profunda, no podían
hacerse cargo de tal situación sin informar a los padres; cuando ellos se hacían
presentes, pedían disculpas como si tener que consolar a Natascha fuera la
carga más pesada, y tomándola de un hombro la sacaban a la calle advirtiéndole
que tendrían una charla muy seria al llegar a su casa. En el camino todo se iba
volviendo oscuro, el cielo se ponía gris, el viento soplaba más fuerte, los árboles,
de pronto, se quedaban sin hojas y solo estaban vestidos con miles de ramas
formando imágenes macabras. Al llegar a su casa se desataba una tormenta con
truenos y rayos, entraban los tres empapados, y, después de cruzar la puerta,
el padre indicaba con un grito que se metiera en la ducha y que ni pensara en
abrir la canilla del agua caliente, la ducha tenía que ser helada; al salir la
ponían en un rincón, donde en el suelo había un charco de maíz, y la hacían
arrodillar ahí, mientras las lágrimas rodaban sus mejillas. Pero no se animaba
a emitir sonido, y después de un largo rato, dejaban que se parara, y con un
tono de voz muy elevado la amenazaban con que la próxima vez sería mucho peor,
y además, el castigo sería doble. En medio de la amenaza, la torturaban con los
insultos más hostiles que se le pueden decir a una niña, el odio que sobre todo
el padre emanaba de sus ojos, era indescriptible, y la madre, afligida pero sin
dejar de apoyarlo, por momentos se secaba las lágrimas pero al mismo tiempo la
presionaba para que cumpliera con su castigo, y la maldecía por hacerlos ser de
esa manera, porque para sus ojos la culpa de la violencia era toda de Natascha.
Pero una tarde sucedió lo inesperado: después
de la tortura de la clase, Natascha salió del colegio para volver a su casa,
pero en la mitad el camino la sorprendió un joven de pelo corto, con anteojos,
campera de Jean, pantalón largo y zapatillas; una persona normal, que se puso a
charlar, y aunque ella no respondía, finalmente la sedujo proponiéndole una
merienda en su casa. Para retrasar la llegada a su hogar, que nunca dejaba de
ser terrible, acepto ir, siempre que no le hiciera muchas preguntas y luego la
dejara volver sola. No podía concebir la idea de que la vieran llegar
acompañada de un hombre.
Al llegar a la casa del joven, se sentaron en
un living con cortinas, por donde se filtraba un poco de sol de la tarde. El
hizo té y sirvió unas galletas de chocolate, las preferidas de ella, por lo que
le preguntó como lo había adivinado, y el respondió que hacía un tiempo que la
venía observando desde muy cerca, sin que ella pudiera darse cuenta, Natascha
se sorprendió pero no le dio mucha importancia.
A la mitad de la merienda, todavía no sabía el
nombre de su acompañante, pero el sí sabía mucho de ella, y aunque no le
gustaba esa situación tan despareja, se animó a preguntarle su nombre; era Joaquín.
“Bonito nombre” pensó ella y terminó de beber el último trago de té.
La tarde había sido muy silenciosa, porque sus
rostros habían sido los que habían hablado: el de Joaquín mostraba una
felicidad plena, con un poco de obsesión, y una ansiedad enorme; el de Natascha
reflejaba solo curiosidad y quizás un poco de preocupación por la hora y la
vuelta a casa; Joaquín lo intuyó, le preguntó qué era lo que la aquejaba, y
ella de a poco, comenzó a relatarle la difícil vida que llevaba, aunque
justificaba a sus padres diciendo que ella era una mala niña, que siempre se
portaba mal, que hablaba de más y no era lo suficientemente bien educada, que
todo era su culpa.
Finalmente, decidió que deseaba volver, que ya
era tarde. Entonces Joaquín se transformó: frunció tanto su ceño que se tornó
serio, tanto que ni siquiera su padre, se había puesto así, y sin ningún otro
gesto, le expresó que ella no saldría de esa casa, que había conseguido el
boleto de entrada pero no sería tan fácil obtener el de salida.
Cuando por primera vez en su vida Natascha
creyó tener un amigo, de pronto este se había convertido en su raptor, no podía
creerlo. Trató de hablarle calmada sin dejarse apoderar por la desesperación,
explicándole que sus padres eran muy bravos, que podían ser gente peligrosa,
que era mejor no llevarles la corrientes ni intentar jugarles una mala pasada,
que lo mejor sería que ella volviera a su casa y si él quería, podían volver a
encontrarse al día siguiente para merendar juntos otra vez. Pero Joaquín no
quería entrar en razón, no quería que Natascha saliera de su casa, no quería
dejarla volver a ese infierno.
Él solo buscaba una amiga, y ahora quería
convertirse en su “héroe” salvándola del calvario que era su casa, aunque eso
requiriera convertirse en un secuestrador. Tuvo que ponerse firme en su posición,
colocándose la careta del más maldito, y amordazándola, la hizo bajar una
escalera que los conducía al sótano, y allí la sujetó a una silla. Sabía que al
dejarla encerrada en ese cuarto, iba a querer escapare, pero él no lo iba a
permitir, no iba a dejar que una niña que ya se había convertido en un ser tan
preciado para él, se perdiera en las obsesiones de unos seres malignos como
eran sus padres. Y efectivamente Natascha comenzó a gritar con todas sus
fuerzas, y trató de zafarse de sus ataduras, pero fue inútil. Joaquín agradecía
haberla dejado en el sótano porque con semejantes gritos, si hubiera estado en
la planta baja cualquiera podría haberla oído.
Mientras tanto, ante la tardanza, su madre
comenzó a preocuparse y su padre, en vez de consolarla o tomar alguna medida
sobre el asunto, solo se enfurecía cada vez más. Al tener contacto con la policía,
cuando se cansó de la insistencia de su esposa, fue hasta la comisaría más
cercana para comenzar una búsqueda intensa, por cielo y tierra, preguntando a
todo el colegio pero nadie supo decirle nada. Como Natascha siempre actuaba de
manera extraña y hablaba muy poco con sus compañeros, nadie había registrado
algo fuera de lo corriente.
Los días pasaron y la búsqueda se hizo cada
vez más frustrante; el padre canalizó su frustración agrediendo a su esposa, a
quien golpeaba hasta que su rostro sangraba, y no aguantaba más su propia
rabia. Entonces terminaban los dos en el suelo, desgarrados de dolor y sin
dejar de llorar, era una mezcla de furia, impotencia, obsesión y locura.
En el sótano de la casa de Joaquín, el captor
y su presa hablaban durante horas, y a medida que pasaban los días se iban
encontrando comprendidos el uno por el otro, apoyándose, cuidándose, sin saber
muy bien que lo hacían.
Ese sótano se había convertido en el lugar más
acogedor del mundo para Natascha: tenía su cama, con mucho abrigo; una tele,
con muchas películas, con las que podía entretenerse durante la ausencia de su
protector. A la hora de la cena, preparaban una mesa para dos, con un mantel de
seda, unas velas y se servían la comida preparada por él, con la mayor dedicación.
Cenaban mirándose a los ojos, volviendo a sus conversaciones eternas, y
terminaban acostándose a cualquier hora de la madrugada. Joaquín no dejaba un
solo deseo de Natascha sin complacer: quería un dulce y él se lo traía; una
revista, y la conseguía; una prenda en especial, y el iba en busca de ella. Realmente
quería verla feliz, aunque supiera que teniéndola en ese reducido espacio su
felicidad plena nunca sería posible, y esta idea lo angustiaba.
Se apoderaba de él la impotencia y no sabía qué
hacer para remediar el error de haberse propuesto sacarla del infierno y haber
terminado metiéndola en una farsa que era este intento de felicidad que
terminaría frustrándolo a él y, desvaneciendo la felicidad de ella. Pudo
mantener la situación bastante tiempo, pero al octavo año, cuando la vio por
primera vez sentada en un rincón inundada en llanto, y le demostró que no
soportaba más estar encerrada entre cuatro paredes y ver la luz del sol solo
cuando ella se lo pedía con insistencia. Estaba cansada de pedir piedad toda su
vida, dentro y fuera de su casa. A partir de ese momento, Joaquín sintió que la
situación había comenzado a ser muy pesada, quería enmendar su error, pero a la
vez no quería devolverla porque sabía su destino y ya no concebía la idea de
separarse de Natascha.
Entonces llegó la depresión, bajaba a verla,
pero sus conversaciones se acortaron cada vez más; cuando la miraba a los ojos
y no podía evitar angustiarse, tenía que subir la escalera corriendo y salir lo
antes posible de ese lugar. Cundo llegaba arriba, cerraba la puerta y se
deslizaba hasta quedar sentado en el piso, sin fuerzas y quebrado en llanto, no
entendía lo que sucedía ni cómo había llegado hasta tal punto; estaba en una
encrucijada sin salida.
Una noche después de cenar juntos, Joaquín se
despidió con un beso en la frente, esperó a que Natascha se acostara para
arroparla y subió la escalera lentamente, como si sus piernas se hubieran
vuelto barras de hierro. Pero al llegar a la planta baja caminó con decisión,
como si la pesadez hubiera quedado en el sótano; salió al jardín y buscó una
soga en el cuarto de herramientas, regresó a la casa, ató la soga a la viga del
techo del living, y dispuso una horca. Solo restaba tomar valor, pero realmente
estaba decidido. Había pasado muchos años inmerso en una angustia fatal y había
llegado la hora de dejar que su objetivo lo terminara de realizar el destino:
si Natascha debía salvarse, el universo se ocuparía. Se paró sobre una mesa
pequeña en el medio del living, colocó su cabeza en la horca, y sin titubear ni
dejar pasar muchos segundos, puso un pié en el aire y al instante el otro.
Después que hubiera pasado un tiempo sin que
Natascha recibiera ni alimento ni se supiera nada de Joaquín, sonó un timbre,
un tío de Joaquín que hacía muchos años no iba a visitarlo, insistió algunas
veces hasta que se asomó por la ventana, y por un leve reflejo pudo distinguir
el cuerpo de Joaquín colgado. Llamó a la policía rápidamente, la que después de
registrar la escena, se llevó el cuerpo, mientras revisaban las demás
instalaciones de la casa, encontraron el sótano y su extraña habitación,
entraron y Natascha tuvo una crisis de nervios, pese a su debilidad, comenzó a gritar y
patalear sin dejar que la sujetaran; llamaba a Joaquín pidiéndole socorro. Hasta
que por fin lograron hacerla ascender a la planta baja, y fuer allí que vio lo
que la hizo pensar en lo ocurrido y entonces perdió la estabilidad y comenzó de
nuevo a gritar y pedir explicaciones. El oficial tuvo que informarle lo
sucedido: ella no podía creer que la única persona con la que había estado los últimos
ocho años, el único que había logrado comprenderla y había intentado ayudarla,
ya no estuviera a su lado.
Tiempo después,
cuando se fue armando el rompecabezas de su identidad y se reconstruyo la
historia de su desaparición, las autoridades pusieron en contacto a Natascha
con sus padres.
Ningún vínculo positivo sintió que la unía a
ellos… y pensó que sí Joaquín había podido apartarla de ellos, ella también
podría, porque tendría dentro suyo la fuerza de los dos, y sin pensarlo se paró
del sillón donde se encontraba, pidiendo permiso, y sin dejar pensar a nadie,
desconcertando a todos, salió corriendo de la casa. Los últimos días de soledad
no le habían quitado las fuerzas para escaparse de la terrible vida que veía
aproximarse, corrió, corrió desesperadamente hasta que se detuvo a descansar, a
recobrar fuerzas, se topó entonces con un móvil que conducía el oficial de la
policía, a quien Natascha rogó que no la devolviera a sus padres.
En un largo relato convenció a las autoridades
que no la devolvieran. Como ya era mayor de edad, hicieron un pacto: ella no
volvería con sus padres, ni se tomarían cartas en ese asunto, pero tampoco
quedaría libre como si nada hubiera sucedido, sería internada en un Psiquiátrico,
en el mejor de Viena; haría las declaraciones necesarias para dejar el caso
esclarecido y podría descansar en esa institución que la cuidaría de la mejor
manera. Aunque no le agradaba la idea, aceptó porque realmente ya se había
quedado sin fuerzas, ni físicas ni psíquicas, y quería recostarse y lamentar
tranquila la perdida de su único compañero, de toda su vida, pasada y futura.
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