sábado, 1 de noviembre de 2014

Obsesiones peligrosas

         Natascha Karpusch, hija de un jefe de la policía y una maestra jardinera, vivía en un calvario desde que tenía uso de razón. Se despertaba por lo gritos y las peleas de sus padres; a la hora de la cena, cuando ella no quería comer, su padre se enfurecía tanto que la sangre le subía al rostro y con un grito ensordecedor le hundía la cara en el plato de comida. Natscha no podía invitar amigas a su casa porque tenía prohibido hacer ruido mientras jugaba, por lo que siempre estaba sola. Sus padres siempre estuvieron peleados con sus familiares, así que Natascha tampoco tenía primos, ni tíos a quien frecuentar. Su abuela, la madre de su madre, era su salvación, su liberación, su rescatistas.
 Los viernes, después del colegio, en la puerta había un auto esperándola, que la llevaba por una ruta arbolada; disfrutaba sacando la cabeza por la ventana y dejando que su pelo fuera acariciado por el suave viento, era un símbolo claro de libertad, de saber que por un fin de semana entero no escucharía gritos, no se sentiría reprimida y podría hacer todo lo que ella quisiera, que por fin llegaba la paz, aunque fuera por poco tiempo.
 Los lunes comenzaba la tortura en el colegio y continuaba en su casa. En la escuela, no tenía amigos porque nunca podía ir a la casa de sus compañeros ni siquiera para hacer tarea. Era una niña de muy pocas palabras, que se limitaba a hacer sus deberes y contestarle a la maestra solo cuando fuera necesario.
 Los niños suelen ser muy crueles sin darse cuenta, y lo eran con Natascha, pues la cargaban por su palidez, por su escueta conversación, por sus atuendos anticuados, y no paraban hasta verla explotar en un terrible llanto. Pero eso no era lo peor: cuando tenían que ir sus padres a retirarla del establecimiento, ella rogaba de rodillas a los directivos que no los llamaran pero, al verla cada vez en una crisis más profunda, no podían hacerse cargo de tal situación sin informar a los padres; cuando ellos se hacían presentes, pedían disculpas como si tener que consolar a Natascha fuera la carga más pesada, y tomándola de un hombro la sacaban a la calle advirtiéndole que tendrían una charla muy seria al llegar a su casa. En el camino todo se iba volviendo oscuro, el cielo se ponía gris, el viento soplaba más fuerte, los árboles, de pronto, se quedaban sin hojas y solo estaban vestidos con miles de ramas formando imágenes macabras. Al llegar a su casa se desataba una tormenta con truenos y rayos, entraban los tres empapados, y, después de cruzar la puerta, el padre indicaba con un grito que se metiera en la ducha y que ni pensara en abrir la canilla del agua caliente, la ducha tenía que ser helada; al salir la ponían en un rincón, donde en el suelo había un charco de maíz, y la hacían arrodillar ahí, mientras las lágrimas rodaban sus mejillas. Pero no se animaba a emitir sonido, y después de un largo rato, dejaban que se parara, y con un tono de voz muy elevado la amenazaban con que la próxima vez sería mucho peor, y además, el castigo sería doble. En medio de la amenaza, la torturaban con los insultos más hostiles que se le pueden decir a una niña, el odio que sobre todo el padre emanaba de sus ojos, era indescriptible, y la madre, afligida pero sin dejar de apoyarlo, por momentos se secaba las lágrimas pero al mismo tiempo la presionaba para que cumpliera con su castigo, y la maldecía por hacerlos ser de esa manera, porque para sus ojos la culpa de la violencia era toda de Natascha.
 Pero una tarde sucedió lo inesperado: después de la tortura de la clase, Natascha salió del colegio para volver a su casa, pero en la mitad el camino la sorprendió un joven de pelo corto, con anteojos, campera de Jean, pantalón largo y zapatillas; una persona normal, que se puso a charlar, y aunque ella no respondía, finalmente la sedujo proponiéndole una merienda en su casa. Para retrasar la llegada a su hogar, que nunca dejaba de ser terrible, acepto ir, siempre que no le hiciera muchas preguntas y luego la dejara volver sola. No podía concebir la idea de que la vieran llegar acompañada de un hombre.
 Al llegar a la casa del joven, se sentaron en un living con cortinas, por donde se filtraba un poco de sol de la tarde. El hizo té y sirvió unas galletas de chocolate, las preferidas de ella, por lo que le preguntó como lo había adivinado, y el respondió que hacía un tiempo que la venía observando desde muy cerca, sin que ella pudiera darse cuenta, Natascha se sorprendió pero no le dio mucha importancia.
 A la mitad de la merienda, todavía no sabía el nombre de su acompañante, pero el sí sabía mucho de ella, y aunque no le gustaba esa situación tan despareja, se animó a preguntarle su nombre; era Joaquín. “Bonito nombre” pensó ella y terminó de beber el último trago de té.
 La tarde había sido muy silenciosa, porque sus rostros habían sido los que habían hablado: el de Joaquín mostraba una felicidad plena, con un poco de obsesión, y una ansiedad enorme; el de Natascha reflejaba solo curiosidad y quizás un poco de preocupación por la hora y la vuelta a casa; Joaquín lo intuyó, le preguntó qué era lo que la aquejaba, y ella de a poco, comenzó a relatarle la difícil vida que llevaba, aunque justificaba a sus padres diciendo que ella era una mala niña, que siempre se portaba mal, que hablaba de más y no era lo suficientemente bien educada, que todo era su culpa.
 Finalmente, decidió que deseaba volver, que ya era tarde. Entonces Joaquín se transformó: frunció tanto su ceño que se tornó serio, tanto que ni siquiera su padre, se había puesto así, y sin ningún otro gesto, le expresó que ella no saldría de esa casa, que había conseguido el boleto de entrada pero no sería tan fácil obtener el de salida.
 Cuando por primera vez en su vida Natascha creyó tener un amigo, de pronto este se había convertido en su raptor, no podía creerlo. Trató de hablarle calmada sin dejarse apoderar por la desesperación, explicándole que sus padres eran muy bravos, que podían ser gente peligrosa, que era mejor no llevarles la corrientes ni intentar jugarles una mala pasada, que lo mejor sería que ella volviera a su casa y si él quería, podían volver a encontrarse al día siguiente para merendar juntos otra vez. Pero Joaquín no quería entrar en razón, no quería que Natascha saliera de su casa, no quería dejarla volver a ese infierno.
 Él solo buscaba una amiga, y ahora quería convertirse en su “héroe” salvándola del calvario que era su casa, aunque eso requiriera convertirse en un secuestrador. Tuvo que ponerse firme en su posición, colocándose la careta del más maldito, y amordazándola, la hizo bajar una escalera que los conducía al sótano, y allí la sujetó a una silla. Sabía que al dejarla encerrada en ese cuarto, iba a querer escapare, pero él no lo iba a permitir, no iba a dejar que una niña que ya se había convertido en un ser tan preciado para él, se perdiera en las obsesiones de unos seres malignos como eran sus padres. Y efectivamente Natascha comenzó a gritar con todas sus fuerzas, y trató de zafarse de sus ataduras, pero fue inútil. Joaquín agradecía haberla dejado en el sótano porque con semejantes gritos, si hubiera estado en la planta baja cualquiera podría haberla oído.
 Mientras tanto, ante la tardanza, su madre comenzó a preocuparse y su padre, en vez de consolarla o tomar alguna medida sobre el asunto, solo se enfurecía cada vez más. Al tener contacto con la policía, cuando se cansó de la insistencia de su esposa, fue hasta la comisaría más cercana para comenzar una búsqueda intensa, por cielo y tierra, preguntando a todo el colegio pero nadie supo decirle nada. Como Natascha siempre actuaba de manera extraña y hablaba muy poco con sus compañeros, nadie había registrado algo fuera de lo corriente.
 Los días pasaron y la búsqueda se hizo cada vez más frustrante; el padre canalizó su frustración agrediendo a su esposa, a quien golpeaba hasta que su rostro sangraba, y no aguantaba más su propia rabia. Entonces terminaban los dos en el suelo, desgarrados de dolor y sin dejar de llorar, era una mezcla de furia, impotencia, obsesión y locura.
 En el sótano de la casa de Joaquín, el captor y su presa hablaban durante horas, y a medida que pasaban los días se iban encontrando comprendidos el uno por el otro, apoyándose, cuidándose, sin saber muy bien que lo hacían.
 Ese sótano se había convertido en el lugar más acogedor del mundo para Natascha: tenía su cama, con mucho abrigo; una tele, con muchas películas, con las que podía entretenerse durante la ausencia de su protector. A la hora de la cena, preparaban una mesa para dos, con un mantel de seda, unas velas y se servían la comida preparada por él, con la mayor dedicación. Cenaban mirándose a los ojos, volviendo a sus conversaciones eternas, y terminaban acostándose a cualquier hora de la madrugada. Joaquín no dejaba un solo deseo de Natascha sin complacer: quería un dulce y él se lo traía; una revista, y la conseguía; una prenda en especial, y el iba en busca de ella. Realmente quería verla feliz, aunque supiera que teniéndola en ese reducido espacio su felicidad plena nunca sería posible, y esta idea lo angustiaba.
 Se apoderaba de él la impotencia y no sabía qué hacer para remediar el error de haberse propuesto sacarla del infierno y haber terminado metiéndola en una farsa que era este intento de felicidad que terminaría frustrándolo a él y, desvaneciendo la felicidad de ella. Pudo mantener la situación bastante tiempo, pero al octavo año, cuando la vio por primera vez sentada en un rincón inundada en llanto, y le demostró que no soportaba más estar encerrada entre cuatro paredes y ver la luz del sol solo cuando ella se lo pedía con insistencia. Estaba cansada de pedir piedad toda su vida, dentro y fuera de su casa. A partir de ese momento, Joaquín sintió que la situación había comenzado a ser muy pesada, quería enmendar su error, pero a la vez no quería devolverla porque sabía su destino y ya no concebía la idea de separarse de Natascha.
 Entonces llegó la depresión, bajaba a verla, pero sus conversaciones se acortaron cada vez más; cuando la miraba a los ojos y no podía evitar angustiarse, tenía que subir la escalera corriendo y salir lo antes posible de ese lugar. Cundo llegaba arriba, cerraba la puerta y se deslizaba hasta quedar sentado en el piso, sin fuerzas y quebrado en llanto, no entendía lo que sucedía ni cómo había llegado hasta tal punto; estaba en una encrucijada sin salida.
 Una noche después de cenar juntos, Joaquín se despidió con un beso en la frente, esperó a que Natascha se acostara para arroparla y subió la escalera lentamente, como si sus piernas se hubieran vuelto barras de hierro. Pero al llegar a la planta baja caminó con decisión, como si la pesadez hubiera quedado en el sótano; salió al jardín y buscó una soga en el cuarto de herramientas, regresó a la casa, ató la soga a la viga del techo del living, y dispuso una horca. Solo restaba tomar valor, pero realmente estaba decidido. Había pasado muchos años inmerso en una angustia fatal y había llegado la hora de dejar que su objetivo lo terminara de realizar el destino: si Natascha debía salvarse, el universo se ocuparía. Se paró sobre una mesa pequeña en el medio del living, colocó su cabeza en la horca, y sin titubear ni dejar pasar muchos segundos, puso un pié en el aire y al instante el otro.
 Después que hubiera pasado un tiempo sin que Natascha recibiera ni alimento ni se supiera nada de Joaquín, sonó un timbre, un tío de Joaquín que hacía muchos años no iba a visitarlo, insistió algunas veces hasta que se asomó por la ventana, y por un leve reflejo pudo distinguir el cuerpo de Joaquín colgado. Llamó a la policía rápidamente, la que después de registrar la escena, se llevó el cuerpo, mientras revisaban las demás instalaciones de la casa, encontraron el sótano y su extraña habitación, entraron y Natascha tuvo una crisis de nervios,  pese a su debilidad, comenzó a gritar y patalear sin dejar que la sujetaran; llamaba a Joaquín pidiéndole socorro. Hasta que por fin lograron hacerla ascender a la planta baja, y fuer allí que vio lo que la hizo pensar en lo ocurrido y entonces perdió la estabilidad y comenzó de nuevo a gritar y pedir explicaciones. El oficial tuvo que informarle lo sucedido: ella no podía creer que la única persona con la que había estado los últimos ocho años, el único que había logrado comprenderla y había intentado ayudarla, ya no estuviera a su lado.
 Tiempo  después, cuando se fue armando el rompecabezas de su identidad y se reconstruyo la historia de su desaparición, las autoridades pusieron en contacto a Natascha con sus padres.
 Ningún vínculo positivo sintió que la unía a ellos… y pensó que sí Joaquín había podido apartarla de ellos, ella también podría, porque tendría dentro suyo la fuerza de los dos, y sin pensarlo se paró del sillón donde se encontraba, pidiendo permiso, y sin dejar pensar a nadie, desconcertando a todos, salió corriendo de la casa. Los últimos días de soledad no le habían quitado las fuerzas para escaparse de la terrible vida que veía aproximarse, corrió, corrió desesperadamente hasta que se detuvo a descansar, a recobrar fuerzas, se topó entonces con un móvil que conducía el oficial de la policía, a quien Natascha rogó que no la devolviera a sus padres.

 En un largo relato convenció a las autoridades que no la devolvieran. Como ya era mayor de edad, hicieron un pacto: ella no volvería con sus padres, ni se tomarían cartas en ese asunto, pero tampoco quedaría libre como si nada hubiera sucedido, sería internada en un Psiquiátrico, en el mejor de Viena; haría las declaraciones necesarias para dejar el caso esclarecido y podría descansar en esa institución que la cuidaría de la mejor manera. Aunque no le agradaba la idea, aceptó porque realmente ya se había quedado sin fuerzas, ni físicas ni psíquicas, y quería recostarse y lamentar tranquila la perdida de su único compañero, de toda su vida, pasada y futura.

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