De niña tuve el rol de detective casi profesional, gracias a mi madre, una mujer muy inteligente, aunque también muy impulsiva, de huesos e ideas muy grandes, lo suficiente para estrecharnos entre sus brazos a mis dos hermanos y a mí. Se casó con mí padre cuando eran muy jóvenes y ella siempre aparentó menos edad que el. Dmitri Dmitrich Gurov, mi padre, creía que las mujeres eran una raza inferior, aunque era con las mujeres con quien se sentía más cómodo. No le agradaba estar mucho tiempo en casa, y cuando mi madre comenzó a notarlo, se llenó de dudas y no se quedó de brazos cruzados: decidió convertirme en su Sherlock Holmes personal; había decidido que yo era lo suficientemente grande de edad y pequeña de estatura para poder seguir a mi padre a donde fuera sin que él lo notara, y así fue.
Mi trabajo comenzó en uno de sus viajes a Yalta, cuando tuve que meterme en la bodega del tren; pero como siempre fui muy escurridiza, no tuve grandes dificultades. Al llegar tuve que visualizarlo y correr disimuladamente atrás de él. Mi madre me había dado suficiente dinero para mantenerme, así que pedí una habitación en el mismo piso que el y lo seguía cada vez que salía, por lo general, se sentaba a la orilla del mar. Por las bajas temperaturas tenía que abrigarme tanto, que si pasaba a su lado no me reconocía. Todo parecía muy rutinario, hasta que un día mí padre fue a almorzar y allí estaba ella, una señora con un perrito, la mujer que cambió nuestras vidas. Hablaron, fueron a caminar y parecían un par de amigos que se encontraban después de mucho tiempo. Mí madre tenía claro lo que me mandaba a hacer y sabía, sobre todo, porque me confiaba la tarea de detective: yo era la mujer más celosa de toda Rusia, y tenía claro que no iba a abandonar mí misión sin antes descubrir lo que sucedía. Pasaron esta tarde juntos y la siguiente y la siguiente. Tuve que verlos besarse, abrazarse, estar tardes y noches juntos, hasta que ella recibió una carta que me hizo creer que todo había terminado, que mi padre volvería a casa y sería el mismo de siempre, me llevaría al colegio, pasaría tiempo en casa, volvería a discutir día tras día antes de irse a dormir con mi madre, que todo volvería a la normalidad y por un tiempo así fue. Después de esa carta, la señora del perrito partió y con mi padre, sin que él lo supiera, regresamos a casa.
Pasó todo el invierno, la primavera, y al llegar las vacaciones de verano, toda mi teoría de "vuelta a la realidad" se desvaneció como hielo en el desierto. Mi padre decidió volver a partir, y por supuesto yo fui detrás ¿Qué pasaría esta vez?
Nos dirigimos a Moscú. Otra vez el vapor del tren, la muchedumbre, los abrigos de piel, el frío. Mí padre eligió la mejor habitación del hotel y yo no fui menos que él. Mientras él dormía, yo disfrutaba de competencias de salto sobre la cama contra mí misma, pedía los mejores chocolates y jugos. Cuando me daba cuenta de que él salía, me abrigaba e iba tras él. Se paraba frente a una casa y no dejaba de mirarla, se cansaba y volvía al hotel. Una noche decidió ir al teatro, por lo cual debí elegir mi mejor vestido para acompañarlo disimuladamente. Nos sentamos, él en una fila, y yo, dos mas atrás. Las señoras me miraban sorprendidas, pues no era común que las niñas de doce años fueran solas al teatro, pero mí trabajo no me dejaba prestarles mucha atención. De pronto, mí padre no estaba más en su asiento, en el momento que me distraje desapareció y tuve que salir corriendo, buscándolo por todo el teatro hasta que lo vi correr detrás de una mujer ¿Cómo podía tener a un hombre tan terrible como padre? ¿En qué momento mí madre había dejado de ser tan inteligente? La conveniencia siempre fue terrible.
Y allí estaba él, otra vez besando a la misma mujer, que se notaba asustada, confundida, mientras mí padre, con su gran poder de seducción, no hacía más que persuadirla, y ella le prometía que iría a verlo a Moscú. Parecían enamorados, pero para mí era el amor menos tierno del universo.
Volvimos a casa, me confesé con mi madre y transformé mi hogar en un cuartel de guerra: volaron platos, copas, floreros, hasta que todo terminó en llanto. Me sentía culpable en esa historia, pero prefería serlo antes de ser cómplice de un engaño, pues mí padre estaba rompiendo las reglas y yo no podía soportarlo.
Después de días entero de silencio, de a poco mis padres volvieron a hablarse, pero nada había cambiado. Volví a seguir a mi padre y volví a ver a la señora del perrito abriéndole la puerta. La historia no había terminado pero yo le daría un fin vengando a mí madre.
La última noche que se vieron, como siempre fui tras mí padre, y después de esperar una hora en la esquina, decidí irrumpir en la intimidad de los dos amantes, pues nada me importaba. Saqué de la cartera de mi padre la pistola que siempre llevaba.
En la habitación quedó olor a pólvora, a traición, a venganza, a amantes. Guardé el arma en la cartera, cerré la puerta con cuidado y volví a mi casa. Un día, mi madre y mis hermanos se cansaros de preguntar por Dmitri.

Viste cómo mejoró la segunda versión?...
ResponderBorrarMe gustó mucho el link...
Me encantó el punto de vista del narrador y tu manera de contar la historia. Estuviste atenta a cada detalle y me gustó mucho el final. La verdad, una lectura super interesante.
ResponderBorrar