jueves, 12 de junio de 2014

Wakefield, Nathaniel Hawthore

Wakefield es un hombre con una vida sin grandes alteraciones, lleva diez años de un tranquilo matrimonio, al lado de la mujer que había decidido darle a ese hombre, de débil carácter, un lugar en su corazón. Cierto día, por locura, capricho o como un niño que realiza una travesura, decide irse de su casa, diciendo que en unos días volvería. Nunca sospechó lo que sucedería más tarde; esos días se multiplicaron en la búsqueda de descubrir el efecto de su ausencia, sin advertir que, siendo una persona poco significante, al poco tiempo lo darían por muerto pero su mujer, no muy segura de que realmente hubiera muerto, guardó una duda o una esperanza.
 Wakefield estaba muy cerca de su familia, pero solo en términos de distancia, porque presumo que no tenía sentimientos. De pronto, al caer en la realidad de las circunstancias por él creadas, se da cuenta de que no quiere continuar en una vida solitaria y sabe que no estará mejor en otro lugar que no sea en su casa.

 En este relato, Hawthorne nos deja ver que las personas se ajustan de tal manera al sistema que, al apartarse uno de éste, puede quedar olvidado, rezagado en el camino.

El frío en la sangre

     De niña tuve el rol de detective casi profesional, gracias a mi madre, una mujer muy inteligente, aunque también muy impulsiva, de huesos e ideas muy grandes, lo suficiente para estrecharnos entre sus brazos a mis dos hermanos y a mí. Se casó con mí padre cuando eran muy jóvenes y ella siempre aparentó menos edad que el. Dmitri Dmitrich Gurov, mi padre, creía que las mujeres eran una raza inferior, aunque era con las mujeres con quien se sentía más cómodo. No le agradaba estar mucho tiempo en casa, y cuando mi madre comenzó a notarlo, se llenó de dudas y no se quedó de brazos cruzados: decidió convertirme en su Sherlock Holmes personal; había decidido que yo era lo suficientemente grande de edad y pequeña de estatura para poder seguir a mi padre a donde fuera sin que él lo notara, y así fue.
 Mi trabajo comenzó en uno de sus viajes a Yalta, cuando tuve que meterme en la bodega del tren; pero como siempre fui muy escurridiza, no tuve grandes dificultades. Al llegar tuve que visualizarlo y correr disimuladamente atrás de él. Mi madre me había dado suficiente dinero para mantenerme, así que pedí una habitación en el mismo piso que el y lo seguía cada vez que salía, por lo general, se sentaba a la orilla del mar. Por las bajas temperaturas tenía que abrigarme tanto, que si pasaba a su lado no me reconocía. Todo parecía muy rutinario, hasta que un día mí padre fue a almorzar y allí estaba ella, una señora con un perrito, la mujer que cambió nuestras vidas. Hablaron, fueron a caminar y parecían un par de amigos que se encontraban después de mucho tiempo. Mí madre tenía claro lo que me mandaba a hacer y sabía, sobre todo, porque me confiaba la tarea de detective: yo era la mujer más celosa de toda Rusia, y tenía claro que no iba a abandonar mí misión sin antes descubrir lo que sucedía. Pasaron esta tarde juntos y la siguiente y la siguiente. Tuve que verlos besarse, abrazarse, estar tardes y noches juntos, hasta que ella recibió una carta que me hizo creer que todo había terminado, que mi padre volvería a casa y sería el mismo de siempre, me llevaría al colegio, pasaría tiempo en casa, volvería a discutir día tras día antes de irse a dormir con mi madre, que todo volvería a la normalidad y por un tiempo así fue. Después de esa carta, la señora del perrito partió y con mi padre, sin que él lo supiera, regresamos a casa.
 Pasó todo el invierno, la primavera, y al llegar las vacaciones de verano, toda mi teoría de "vuelta a la realidad" se desvaneció como hielo en el desierto. Mi padre decidió volver a partir, y por supuesto yo fui detrás ¿Qué pasaría esta vez?
 Nos dirigimos a Moscú. Otra vez el vapor del tren, la muchedumbre, los abrigos de piel, el frío. Mí padre eligió la mejor habitación del hotel y yo no fui menos que él. Mientras él dormía, yo disfrutaba de competencias de salto sobre la cama contra mí misma, pedía los mejores chocolates y jugos. Cuando me daba cuenta de que él salía, me abrigaba e iba tras él. Se paraba frente a una casa y no dejaba de mirarla, se cansaba y volvía al hotel. Una noche decidió ir al teatro, por lo cual debí elegir mi mejor vestido para acompañarlo disimuladamente. Nos sentamos, él en una fila, y yo, dos mas atrás. Las señoras me miraban sorprendidas, pues no era común que las niñas de doce años fueran solas al teatro, pero mí trabajo no me dejaba prestarles mucha atención. De pronto, mí padre no estaba más en su asiento, en el momento que me distraje desapareció y tuve que salir corriendo, buscándolo por todo el teatro hasta que lo vi correr detrás de una mujer ¿Cómo podía tener a un hombre tan terrible como padre? ¿En qué momento mí madre había dejado de ser tan inteligente? La conveniencia siempre fue terrible.
 Y allí estaba él, otra vez besando a la misma mujer, que se notaba asustada, confundida, mientras mí padre, con su gran poder de seducción, no hacía más que persuadirla, y ella le prometía que iría a verlo a Moscú. Parecían enamorados,  pero para mí era el amor menos tierno del universo.
 Volvimos a casa, me confesé con mi madre y transformé mi hogar en un cuartel de guerra: volaron platos, copas, floreros, hasta que todo terminó en llanto. Me sentía culpable en esa historia, pero prefería serlo antes de ser cómplice de un engaño, pues mí padre estaba rompiendo las reglas y yo no podía soportarlo.
 Después de días entero de silencio, de a poco mis padres volvieron a hablarse, pero nada había cambiado. Volví a seguir a mi padre y volví a ver a la señora del perrito abriéndole la puerta. La historia no había terminado pero yo le daría un fin vengando a mí madre.
 La última noche que se vieron, como siempre fui tras mí padre, y después de esperar una hora en la esquina, decidí irrumpir en la intimidad de los dos amantes, pues nada me importaba. Saqué de la cartera de mi padre la pistola que siempre llevaba.
 En la habitación quedó olor a pólvora, a traición, a venganza, a amantes. Guardé el arma en la cartera, cerré la puerta con cuidado y volví a mi casa. Un día, mi madre y mis hermanos se cansaros de preguntar por Dmitri.

Cuando leí lo que no sabía

     Alrededor de los 10 años, me crucé con un libro que me mostró una realidad desconocida, hasta ese entonces, para mí. Tengo un hermano 5 años mayor que yo, a quién en el colegio le hicieron leer "Mi planta de naranja-lima", de José Mauro de Vasconcelos, un escritor brasilero. A mí siempre me gusto leer, y al ver rondar ese libro por mi casa, decidí hacerle un lugar entre mis manos y prestarle un poco de atención. Solía leer en la cama, cuando tenía ganas y no tenía que hacer tarea. Prefería estar sola pues era un libro que me emocionaba mucho y pasaba todo el tiempo llorando; por eso no quería que me vieran. No recuerdo muchos detalles si quiero rearmar la escena; lo único que no puedo borrar es como se me caían las lágrimas cada vez que leía las cosas que le pasaban a Zezé, el protagonista del libro, un chico de corta edad, que conoció la tristeza demasiado rápido, de clase baja y con muchos hermanos que ayudaba en su casa lustrando zapatos en la calle. Se divertía con su planta de naranja-lima y de todo él tenía la culpa.
 Este libro me enseñaba que no todos los chicos tenían una infancia feliz. En vez de dedicar su tiempo yendo al colegio, tenía que ir forzado a trabajar, yo no podía entender que a esa edad, tuviera que preocuparse por el dinero, en vez de por cuál era el dibujito que estaban pasando en la televisión, o porque se hacía la hora de entrar a casa mientras andaban a diez mil por hora en bicicleta; me mostró que no a todos les daban los gustos como a mi, aunque se portaban mucho mejor, tarea fácil porque yo no era un monumento a la obediencia, sino todo lo contrario, no hacía las macanas de Zezé, no inventaba víboras de tela para asustar a las vecinas, pero sí me vivía trepando a los árboles como la mejor versión femenina de Tarzán, y no había vez que no volviera con un chichón o una raspadura, y si bien algún chirlo me habían dado, no me degradaban como a ese chico, y eso que él sentía, a mí me dolía muchísimo.
 Hace poco pude leer la continuación, "Vamos a calentar el sol", mostrándome una mejora en la vida de Zezé, lo cual me dejó un poco más tranquila, pero a la vez decepcionada, porque apenas una sola vez se me pusieron los ojos vidriosos en todo el libro, lo que me sembró una duda: ¿Me volví insensible en el camino de los 10 años hasta hoy, cambió mi manera de ver las cosas, o simplemente la vida de Zezé había dejado de ser tan trágica?